Cindy Sherman y Ricard Prince, en el Malba

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Fotografía

Elegía para el sueño americano

Cindy Sherman y Richard Prince, referentes del arte contemporáneo, exhiben en Malba 34 obras con gestos mínimos y la intensidad de un knock-out.

Fotografía

Elegía para el sueño americano

Cindy Sherman y Richard Prince, referentes del arte contemporáneo, exhiben en Malba 34 obras con gestos mínimos y la intensidad de un knock-out.

La sonrisa es de un blanco impoluto, pero todo alrededor parece una máscara a punto de caer. Cindy Sherman ha cubierto su piel de un maquillaje grueso que amenaza resquebrajarla, hasta volver el gesto “fresco” –propio de la ensayada espontaneidad de las revistas de moda– mera mueca vacía. Enfrente el típico cowboy estadounidense no despliega la destreza de su cuerpo joven y esbelto para domar un caballo en pleno rodeo. La imagen tiene esa familiaridad inadvertida que peligrosamente guardan las publicidades en nuestra memoria.

El multifacético artista Richard Prince ha limitado la operación estética a suprimir las letras de Marlboro y ampliar la imagen del vaquero para que ocupe la pared entera en una sala de museo. En el segundo piso del Malba, Sherman y Prince, referentes artísticos indiscutibles del arte contemporáneo de Estados Unidos, ejercen un contrapunto armonioso a través de 34 obras, que con gestos mínimos (pero con la intensidad de un knock out) dejan al descubierto, la amarga naturaleza del modo de vida americano.

“Cindy Sherman Richard Prince. Colección Astrup Fearnley” presenta obras que, como su nombre lo indica, provienen del Museo Astrup Fearnley de la ciudad de Oslo. Cuenta Victoria Giraudo –co-curadora de la muestra junto a Gunar Kvaran, director del museo europeo– que la propuesta original era hacer una exposición colectiva que reuniera a varios de los artistas pertenecientes a la colección, pero que la idea fue descartada al encontrar que tanto las piezas de Sherman como las de Prince con que el museo contaba, eran lo suficientemente representativas de sus respectivos cuerpos de obra como para armar dos pequeñas –y elocuentes– antologías. A un lado y otro de la sala se despliegan, entonces, dos muestras individuales, con un mismo sentido.

Conocida por poner el cuerpo en sus fotografías, Sherman se maquilla y disfraza para entrar y salir de los cuerpos de las mujeres más disímiles. Sus obras podrían pensarse como foto-performances, en las que el disparo del obturador es más la culminación que el inicio de la obra. De chica Godard a payaso triste, de señora de la alta sociedad a madonna renacentista, la muestra del Malba presenta varias de sus series.

Una Sherman camaleónica encarna todos los personajes sin descuidar el fondo de cada puesta en escena. Con el correr de las imágenes vemos también correr el tiempo. Mientras en las fotografías blanco y negro de su serie Film Stills –una de las primeras que realizó– vemos una Sherman joven, en medio de lo que podrían ser cuadros fijos de una película a lo Hitchcock en la que lo peor está a punto de suceder, en otra de sus fotografías, esta vez una del año 2009 (ninguna serie lleva nombre y su numeración es arbitraria), la artista posa como una señora cuyos brillos y tacones altos no pueden disimular la amargura que le produce no poder evitar envejecerse. Encuadradas desde arriba, tapadas hasta la pera o replegadas sobre sí mismas en una penumbra dulce, las imágenes de mujeres en la cama evocan el mundo de las femmes fatales que una vez abajo del escenario o la pasarela sólo quieren irse a casa a tomar helado y andar en pijama. (Imposible no recordar, frente estos retratos, el que Truman Capote escribió para mostrarnos una Marilyn Monroe triste y solitaria, escondida detrás de sus anteojos oscuros). A pocos pasos sus payasos estallan de color, también de aburrimiento. Otra vez la artista apunta –en lo que constituye el rasgo distintivo de sus obras– a mostrarnos el lado b que anida, indefectiblemente, detrás de cada estereotipo.

Del otro lado de la sala el universo de Richard Prince también apunta contra los estereotipos, pero lejos de poner el cuerpo, el artista manipula, con rigor de cirujano, las imágenes mentales y visuales que circulan a través de los medios, hasta lavar cualquier rasgo de autoría: en la era de la cultura visual, las imágenes son de todos y de nadie al mismo tiempo. No muy lejos de la serie de fotografías estilo póster –cortadas, ampliadas, vueltas a imprimir– realizadas a partir de las publicidades de Marlboro, encontramos una foto pequeña, con un escándalo inversamente proporcional a sus espaldas.

En ella una Brook Shields de apenas diez años posa desnuda con gesto provocativo. La foto fue publicada por la revista Playboy, de donde Prince se la apropió para volver a imprimirla y exponerla en galerías. Que la foto original haya sido pagada 450 dólares y las copias realizadas por Prince hayan llegado, últimamente, a los tres millones, es una suerte de actualización macabra de las ideas de Marcel Duchamp sobre la legitimación y puesta en valor que el mundo del arte imprime sobre los objetos. Y en tanto el fotógrafo de Playboy llevó al artista a juicio por plagio –con los cada vez más endebles, aunque vigentes, argumentos del copyright– entre varias idas y vueltas, vinculadas a la apropiación como recurso por antonomasia del arte contemporáneo, nadie pareció montar escándalo por el mundo de la pornografía infantil, que la imagen de la niña, ampliada ahora su campo de circulación, irónicamente dejaba al desnudo.

Con mente fría aborda Prince otros varios fetiches, además de la pornografía, a los que la mentalidad del “macho” rinde culto. No muy lejos de la imagen de la pequeña Shields dos fotos como pósteres muestran mujeres desnudas junto a motocicletas. La estética burda evoca los pósteres de gomería o taller mecánico.

La paradoja (o el cinismo) quiso que la protagonista de una de ellas, sea otra vez, la actriz de La laguna azul, ahora llegando a los cuarenta, y algo más pudorosa que en su anterior “retrato”. Artista versátil que aborda ideas, imágenes, posteos en instagram o instalaciones como si de una misma cosa se tratase, entre las fotos estilo calendario hay lugar para esa suerte de “santuario” de falsos capós de auto que el artista montó en su casa en Albany (y que la muestra reproduce).

Del otro lado espera el extraño homenaje que Prince ofrece a Willem de Kooning –pintor perteneciente al expresionismo abstracto, sello indiscutido del arte americano de los 50, algunas generaciones anterior al artista y ubicado en las antípodas de su modo de concebir el arte, pero a quien Prince admira y respeta-. Otra vez el artista sigue su protocolo: partiendo de las pinturas originales, fotografía, imprime, dibuja, pega fotos de torsos desnudos sobre los cuales, otra vez dibuja.

Artistas nacidos entre finales de los 40 y principios de los 50, Sherman y Prince compartieron cuna con el sueño americano que fraguó la mente y la cultura estadounidense, después de que el final de la II Guerra Mundial los dejara en el podio del mundo. “Son la primera generación de artistas que creció con la televisión, con la cultura de los medios, en esa fiesta pos Warhol que finalizó con el sida”, explica Giraudo. Artistas con plena conciencia del medio en el que se mueven, y también del mercado cuyas oscilaciones estimulan, tanto la obra de Sherman como la de Prince condensan un cinismo que sólo mal mirado puede resultarnos a-crítico.

No se trata, sin embargo, de una crítica explícita, elocuente, ni mucho menos panfletaria. Las obras señalan, ponen de manifiesto, nos llevan hasta el borde –aunque una metáfora más acertada sería decir que nos traen hasta la superficie– de temas como la noción de arte y de belleza, el mercado, el sexo o la legitimidad de la autoría en el mundo infinito de las redes y las pantallas. La reflexión (o la polémica) correrá, en ambos casos, por nuestra cuenta.

“Cindy Sherman Richard Prince. Colección Astrud Fearnley”.
Lugar: Malba. Av. Figueroa Alcorta 3415 Fecha: desde el 27 de Junio.
Horario: Jueves a lunes de 12 a 20 Mar. cerrado Entrada: $ 120. Estudiantes, docentes y jubilados $ 60.

 

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