Alicia Penalba, en el Museo Franklin Rawson, San Juan

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En el Museo Franklin Rawson

Alicia Penalba vuelve al pago

Artista única que cultivó el arte de gran escala y la creación de joyas, su obra vuelve a San Juan, donde ella vivió en su infancia. Así iniciamos una serie de semblanzas que celebran el aporte de grandes creadoras eclipsadas por el canon masculino.

“Esto es la piedra”, dicen otros, ahí nomás. La aridez, el desierto que mató de sed a la Difunta Correa, la piedra como paisaje y, minería mediante, como riqueza. Es la piedra, sí.

Pero no. Esto que se expone ahora en el (espléndido) Museo de Bellas Artes Franklin Rawson no es viento, por supuesto; y no es piedra. Son las esculturas de Alicia Penalba, la mayoría hechas en arcilla y fundidas en bronce. Ni siquiera es piedra aunque parece, es verosímil: desde el material, una ficción.

Toda la evolución. En la sala principal del Museo Rawson se destacan piezas pertenecientes a la impactante serie de los tótems y de las obras Aladas, con su despliegue aéreo y sus juegos de ritmos y sombras.

Toda la evolución. En la sala principal del Museo Rawson se destacan piezas pertenecientes a la impactante serie de los tótems y de las obras Aladas, con su despliegue aéreo y sus juegos de ritmos y sombras.

“Acá la gente mira la obra y dice: ‘Es como las piedras de mi casa… ¿si encimo las piedras del jardín ya tengo un Penalba?’”, cuenta Virginia Agote, directora del Museo y responsable de que haya cruzado el país este conjunto presidido por un tótem que pesa más de una tonelada. Penalba tuvo una gran retrospectiva en el Malba a fines de 2016 y el 7 de septiembre se lo podrá ver emplazada allí, su obra “Formes volantes” (Formas voladoras): 26 piezas en fibra de vidrio que hizo para al Hakone Open Air Museum de Japón, en 1969.

La reconocen, dice Virginia Agote. Por abstracta que sea, ésta es una obra que en San Juan se entiende de un vistazo.

Y más cuando se sabe algo de su biografía. La artista –Alicia Pérez Penalba– nació en la provincia de Buenos Aires, en San Pedro, en 1913. Vivió en la Patagonia y Chile pero hizo la secundaria en la ciudad de San Juan, a cuyas calles llegó, de la mano del padre ferroviario, en 1927. Mucho antes del terremoto de 1944 que -otra vez, ese significante- no dejaría piedra sobre piedra.

No es poca cosa la adolescencia. Acá estudió arte en un lugar significativo, la escuela “Obreros del porvenir”, que por entonces pertenecía a una mutual de trabajadores, la Sociedad de Socorros Mutuos Obreros del Porvenir. De lunes a viernes, de 5 a 8 de la noche, se enseñaba carpintería, dibujo artístico y lineal y corte y confección. Y Alicia empezó a pintar. Mucho después, cuando ya sea famosa y una personalidad del circuito artístico internacional, dirá que pisó sin nada el Viejo Continente: “Llegué a Europa sin cuadros, para no recordar nada”. Borrón, borronazo, y cuenta nueva. Sin embargo, en San Juan quedó una naturaleza muerta. Huella de formación.

Grandes alas . Una de las “Aladas” de Penalba que se exhiben en el edificio de la Cancillería, ebn Buenos Aires.

Grandes alas . Una de las “Aladas” de Penalba que se exhiben en el edificio de la Cancillería, ebn Buenos Aires.

En San Juan quedó también una leyenda: “Se dice que vivió en tal casa, que hacía escultura. Te cuentan que les hablaron de la escultora joven, pero no es seguro cuál era su casa y ella no esculpía todavía”, dice Agote por los pasillos del museo. El recorrido lleva hasta el depósito donde espera “El viento zonda”, una escultura que hizo en 1968 el artista Héctor Nieto (1917-2002) y que, oh, tiene mucho que ver con las formas de Penalba.

Ese año -¡mayo de 1968!- la artista juega en las ligas mayores: el Musée d´Art Moderne de la Ville de Paris inaugura Totems et tabous, una exposición que comparte con maestros latinoamericanos consagrados, como el cubano Wilfredo Lam y el chileno Roberto Matta.

Pero vamos despacio.
A los quince años la pintora adolescente ya sabe que quiere más y que “más” hay en otra parte. Sabe también que quiere escapar de su padre: Santiago Pérez “destruía su vida y las de quienes lo rodeaban”, dirá Penalba mucho después, en las entrevistas. Entonces muestra su audacia: le escribe -así lo contó ella- al gobernador de San Juan pidiéndole una entrevista. Quiere una beca para estudiar en Buenos Aires. El gobernador la recibe en persona, según el relato de la escultora. “Era un hombre de unos 60 años”. ¿Quién? Si la memoria de Penalba es buena, en ese momento estaba al frente de la provincia Modestino Pizarro, a quien Hipólito Yrigoyen había mandado como interventor. Penalba salió del despacho sin beca pero con un trabajo. Iría al Registro Civil a pasar a mano actas de matrimonio y nacimientos. A los 17 se iba a Buenos Aires: “No dejé mi hogar para que me reconocieran sino para encontrarme conmigo misma en un terreno de igualdad y justicia”, dirá más tarde.

Buenos Aires la llevó a Europa y allí un choque cortó su vida en 1982. Nunca volvió a San Juan. Hasta ahora.

A la muestra de Alicia Penalba en el museo Franklin Rawson se entra mirando hacia arriba. No hay otra manera. En el centro, ineludible, una escultura lleva la vista casi hasta los cuatro metros de altura. “Grand totem nº2” (1975). Se dirá que se trata del erotismo. Lo elevado, lo erguido, un erotismo triunfal, eso aparece en estas esculturas que empieza a hacer en los años 50. Pero denle una vuelta al tótem, mírenlo de todos lados. Aquí la vaina al cielo se abre y muestra un adentro, como labios que ocultaran ¿un clítoris?. “Una época de liberaciones sexuales que yo no había tenido”, cuenta Penalba en una entrevista que se puede seguir en un hermoso documental que realizó El Pampero Cine -con guión de Victoria Giraudo- para la retrospectiva de Malba en 2016. “Todos los tótems -explica- tienen una concavidad en el medio, donde había empezado a colocar símbolos de la vida, símbolos que tenían algo de sexual, algo de semilla, de árboles”. Sí, una “piedra” sexual. “La sexualidad la veo en todas las cosas, en las frutas: una pera al medio es un sexo femenino”.

En 1951 -después se arrepentiría- la artista había destruído todas sus obras figurativas y había empezado de nuevo. El tótem, analizó, era una etapa fundante: “Yo era lo primitivo de mí misma. Soy como un país, como una civilización, en la cual hice un arte primitivo y ahora pienso que hago un arte más civilizado”.

Penurias porteñas.
La joven Pérez Penalba toca Buenos Aires a los 17 años; no pierde el tiempo, se anota en la escuela de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, hace Pintura y Estética, pero se tiene que mantener: “He tenido tantas dificultades como puede tener una mujer con una familia que no la apoya en nada”, dirá-. Deja de estudiar pero sigue pintando y expone en Rosario.

Se casa en Montevideo en 1937; se divorcia dos años después. En 1940 se vuelve a casar, ahora con un artista plástico, Amadeo Binci. Y pinta: expone en Amigos del Arte junto con Antonio Berni, con Norah Borges, con Raquel Forner. Y estudia Bellas Artes dos años más. Y en 1941 ya firma sin el “Pérez”, se ha sacado de encima el nombre del padre. Y se integra al Partido Comunista: en 1947 firma una carta reclamando a Bellas Artes lo sesgado de una muestra de arte español porque faltan, por ejemplo, Juan Gris y Pablo Picasso. Con ella firman Antonio Berni, Vicente Caride, Juan Carlos Castagnino y Tomás Maldonado. Años después se encontrará en París con este último -que ha discutido el canon realista que el Partido quería imponer- y se disculpará: “Te hice expulsar del PC”. Así lo cuentan Julia Risler, Daniela Lucena en una investigación para Ciencias Sociales de la UBA.

En 1947 y 1948 Penalba gana premios en el Salón Nacional. Pero 1948 es la clave: le llega por fin la beca, es una beca de Francia; arma la valija y le anuncia a Amadeo que se va. Cuatro años después, cuando Amadeo viaje a París, sabrá que su matrimonio ya se había terminado.

En Europa no pierde el tiempo. Participa -seguramente por sus vínculos políticos- como delegada argentina del Congreso Mundial por la Paz, en 1949. Ahí conoce a Pablo Picasso, a Paul Eluard, a Aragón. Le presentan a Henri Matisse, que le hace un retrato. Se instala en Montrouge, en las afueras del París. Estudia. Empieza a esculpir.

¿Por qué esculpir? Ella escribe sobre eso. Como pintora tenía complejos, dice, porque no estaba formada. La influían las críticas, se sentía muy sumisa. Y empezó a modelar “a ver si me sentía mejor”. Y entonces “abordé la escultura como un medio de conocimiento plástico para conocerme y descubrí que era escultora”.

Voladoras en Malba. Las “Formas voladoras” son esculturas livianas que Penalba emplazó en distintos lugares. Entre 1969 y 1976, una de ellas estuvo en el Museo de Arte al Aire Libre de Hakone. Están hechas de fibra de vidrio. Desde el 7 de septiembre, la escultura de Hakone se podrá ver en una sala de Malba (foto, abajo), cuya colección permanente integrarán. La obra fue donada por Mario Kier Joffé, titular del Archivo Penalba, que murió este año.

Voladoras en Malba. Las “Formas voladoras” son esculturas livianas que Penalba emplazó en distintos lugares. Entre 1969 y 1976, una de ellas estuvo en el Museo de Arte al Aire Libre de Hakone. Están hechas de fibra de vidrio. Desde el 7 de septiembre, la escultura de Hakone se podrá ver en una sala de Malba (foto, abajo), cuya colección permanente integrarán. La obra fue donada por Mario Kier Joffé, titular del Archivo Penalba, que murió este año.

En 1951 hace su primera escultura abstracta y rompe lo anterior “porque me molestaba, preferí destruir todas las cosas que sentía bastardas”. En 1957 tiene su primera muestra individual en el Barrio Latino y un año después participa de la antológica Esculturas y dibujos de siete escultores, en el Guggenheim de Nueva York. En 1959 la invitan a la segunda edición de la documenta, de Kassel. Es la primera artista argentina en estar allí.

A Penalba, diez años después de vivir en Francia –apenas– le encargan la fuente del nuevo edificio de la compañía nacional de electricidad. “En el momento en que se percataron de que había un gran vacío en el hall de entrada”, contó ella. Usó material plástico. “Cuando llegó el momento de ponerla en funcionamiento, hubo que reducir los chorros de agua a un tamaño tan insignificante que quedaron ridículos en la fuente”, observó la artista. Que ya estaba dejando su marca en la capital francesa. “Hay edificios en los que la arquitectura se confunde con la escultura haciendo imposible la disociación. Ejemplo: las catedrales góticas”, dirá.

¿Y la Argentina? El crítico Jorge Romero Brest quiere que exponga en Bellas Artes en 1960 pero, le escribe, “los gastos serán fuertes”. Y los gastos -las piezas son muy pesadas- serán una muralla.

“Hubiera querido traer las ‘Aladas’, la pieza emplazada en Cancillería”, revela la directora Virginia Agote. “Pero necesitaba un camión más… imposible”. Trajo, sin embargo, alguna “alada” más pequeña, “Ancestro alado” (1962) cedido por la Colección Fortabat. “Son piezas híper sólidas y a la vez, totalmente etéreas, libres, livianas. Con el material empleado, es asombroso”, agrega. En “las aladas” la escultura se abre, se suelta, se apoya en el aire. Agote –cada mirada construye significado– interpreta desde lo local: “Penalba dice que toda obra es abstracta, pero acá se ve la influencia de la montaña y la piedra sanjuanina”. De alguna manera, la artista lo decía, aunque quizás hablara de la Patagonia: “Son obras que se originan entre los árboles del bosque de mi infancia”, en el sur de la Argentina, donde veía surgir personajes de la sombra de esa naturaleza negra y misteriosa.” En la década del 60, la chica que huyó de su padre, la estudiante que tuvo que trabajar, la artista a la que le quedó chica Buenos Aires ya es parte del circuito internacional del arte. Gana el premio de Escultura de la Bienal de San Pablo en 1961. Frondizi le escribe para felicitarla. Pasa corriendo por Buenos Aires: “Lo que le falta a nuestro país es locura. No hay valentía para equivocarse”, dice en una entrevista. Ese año conoce a quien será su compañero hasta el final, el fotógrafo y crítico Michel Chilo.

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